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Una pareja de maestros creó unos dulces artesanales que son todo un clásico nacional

Yemas del Uruguay está cerca de cumplir 50 años endulzando con creaciones que van desde yemas y natillas, pasando por serranitos y damasquitos, hasta bombones de sabores muy autóctonos. 

Oscar Gómez aprendió con su hermano el secreto para producir golosinas artesanales.

Los habitués de la feria Ideas+ ya lo saben. Al final del callejón de los libreros están las delicias artesanales de Yemas del Uruguay.

“Soy el más antiguo de todos los expositores”, dice Oscar Gómez (64 años), quien está presente en esta tradicional feria de diciembre desde 1977.

“Empecé muy jovencito, era estudiante de magisterio e íbamos a trabajar a la feria con mi novia, hoy mi esposa. Los ingresos que obteníamos nos permitían juntar unos pesitos para durante el año pagar los apuntes, los almuerzos, los boletos”, recuerda a El País.

En ese entonces era la Feria del Libro y el Grabado y su creadora, Nancy Bacelo, se transformó en muy amiga de la pareja de maestros bomboneros.

“Uno de nuestros hijos nació un 23 de diciembre y por los parlantes Nancy dijo ‘hoy la familia de la Feria del Libro tiene un nuevo integrante, nació Leandro’. Yo me recibí un 11 de diciembre de maestro y los altoparlantes de la feria lo anunciaron”, señala como pequeñas anécdotas que explican su gran amor por este emprendimiento.

Por eso fue uno de los fundadores de la asociación civil que, tras la muerte de Bacelo, creó Ideas+ para mantener en pie esta oferta artesanal y cultural. Y desde hace tres años preside dicha asociación.

Yemas del Uruguay, en tanto, existe desde 1974, pero su origen viene de mucho más atrás, cuando el hermano mayor de Oscar –Juan Carlos– trabajaba en La Media Luna, una fábrica de golosinas ubicada en las calles Alzaíbar y Buenos Aires, en la Ciudad Vieja. Su método de elaboración artesanal hacía que demandara emplear muchos operarios, algo que con el tiempo fue insostenible para una producción pequeña y Juan Carlos quedó sin trabajo.

Lejos de desanimarse usó los conocimientos adquiridos para lanzarse a la producción independiente. En esa aventura se le uniría tiempo después Oscar, que se mudó a Montevideo cuando su padre, maestro rural del pueblito de Víboras (Colonia), falleció.

“Mi primera tarea remunerada fue ayudar a mi hermano”, cuenta. Esa entrada económica lo ayudó en su carrera de magisterio, gracias a la cual conoció a Silvia y rápidamente la sumó al emprendimiento familiar.

“Éramos compañeros de clase. En aquella época nos ordenaban alfabéticamente y coincidía que Gómez quedaba en la segunda fila y López en la tercera; entonces no solo nos pasamos los apuntes sino que nos pasamos la vida juntos”, sintetiza entre risas.

La pequeña fábrica adquirió un vuelo mucho mayor cuando su hermano empezó a representar a Uruguay en ferias internacionales de Argentina y Chile. Eso explica el nombre Yemas del Uruguay, “sino parecería bastante tonto ponerle ese nombre en nuestro país”, acota.

Juan Carlos se radicó en Argentina en 1987 y dejó a Oscar a cargo de la empresa uruguaya. Además de Ideas+, distintas fiestas del interior, como la Semana de la Cerveza de Paysandú o la Semana de Lavalleja, le dieron mayor presencia en el mercado a estas golosinas artesanales.

Incluso llegaron a tener local propio, como el recordado de Rivera y 2 de Mayo, “cuando me independicé de mi hermano”, acota. En 2000, la crisis económica ya asomaba y los obligó a reducir tamaño y mudarse a un local de la cooperativa de viviendas en la que residían, en Avenida Bolivia y Camino Carrasco.

Ayudó contar con viejas y tradicionales confiterías como clientes, caso de Confitería Cantegrill o Confitería Bariloche. De todas esas solo sobrevive la Bombonería Alvear, en Río Negro y San José.

Hoy parecen haber echado raíces definitivas en Shangrilá (Canelones), con un amplio local en Calcagno y Avenida del Parque muy fácil de ubicar por un famoso vecino. “¿Dónde queda Yemas del Uruguay? Al lado del gimnasio de Luis Suárez”, es la forma para dar indicaciones.

En ese largo camino Oscar y Silvia siempre han contado con manos colaboradoras. Llegaron a tener empleados, pero finalmente todo se redujo a la familia. Por ejemplo, el suegro de Oscar, como jubilado del transporte, tenía un pase libre que usaba para hacerles el reparto o ir a comprar materia prima. Su madre también colaboró en alguna tarea sencilla. Y sus hijos, Leandro y Lucía, dieron su aporte en su momento.

“Después, como todas las cosas, han elegido otros rumbos”, señala Oscar y confiesa que estar rodeados de tanta golosina ha hecho que sus hijos “no sean muy dulceros”.

El bombonero destaca que Yemas del Uruguay “tiene esa característica bien uruguaya del cara a cara”, algo que le ha permitido mantenerse.

“Es muy gracioso ver a personas de mi edad que vienen con sus hijos o a veces con sus nietos y les cuentan ‘yo los conocí cuando estaban en la casona de Rivera y Bulevar y les llevábamos yemas a la abuela’. O cuando ven las viejas fotos que ponemos en los stands y nos preguntan si somos nosotros”, cuenta Oscar.

“¿Todos estos años juntos haciendo bombones?”, les llegan a decir. “Sí, pero aparte de bombones hicimos una pareja de hijos, etc.”, responde en broma el artesano que, junto con su esposa, también abrazó la profesión de maestro con mucho cariño.

“Somos una pareja que ha transitado fines del siglo pasado y el primer cuarto de este siempre apegada a la bombonería artesanal”, remata Oscar con orgullo.

Novedades cada año y nada de conservantes

Yemas, natillas, serranitos, damasquitos, trufas y bombones de dulce de leche forman parte de la amplia oferta de Yemas del Uruguay. “A veces, cuando hay una venta más masiva, incorporamos una línea de higos turcos con nuez, que es la princesa de las presentaciones”, cuenta Oscar Gómez.

Además, cada una o dos temporadas suman líneas nuevas “que permiten que nuestra clientela, que es bastante fiel, se mantenga”, dice el bombonero.

La propia clientela les pregunta cada año qué hay de novedoso. En esta temporada aparecieron las natillas de capuchino y una versión particular de serranitos. “Es un bombón hecho con pulpa de damasco y bañado en chocolate, con algunos elementos propios de la decoración con un chocolate más claro que da una perspectiva de cerro nevado”, detalla.

Destaca que siempre buscan las “materias primas más prestigiosas que haya en plaza” y no usan conservantes. Eso significa que elaboran mercadería cuando hay pedidos, de manera tal de no stockear porque la vida útil de sus productos no excede los 45 días.

“Ahora estamos esperando que venga la segunda floración de damascos para tenerlos fresquitos, poder envasar la pulpa y guardarla para el invierno para elaborar damasquitos”, señala Oscar.

Entre sus servicios está el armado de mesas de dulces para eventos.

Están en Instagram y Facebook.

Fuente: Elpaís