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Las lágrimas de Lafluf y la tristeza de los sanduceros por la partida de Larrañaga

«No vamos a encontrar a otro igual”, sostuvo a El País el intendente de Paysandú, Nicolás Olivera; cientos despidieron a Larrañaga al costado de la ruta.

El último sol de la tarde lograba encontrar un hueco entre las pesadas nubes en Río Negro, cuando el cortejo fúnebre que llevaba los restos de Jorge Larrañaga entró a la ciudad de Young. Allí, en la avenida principal -y como a lo largo de todo el recorrido desde que los vehículos partieron al mediodía de la Ciudad Vieja -se habían agolpado centenares de personas. Lo despidieron con aplausos, banderas celestes y blancas, llantos ruidosos o en silencio, y gritos: “¡En el corazón lo llevo, señor ministro!”.

En el fondo de la pasarela improvisada, por donde las vías del tren atraviesan el pueblo, se recortaba la figura de un hombre tieso que sostenía tres rosas blancas y esperaba, impasible al frío, la llegada de la caravana. Era el intendente de Río Negro, el nacionalista Omar Lafluf.

Pero el cortejo no se detuvo, y Lafluf quedó parado con sus rosas. Cuando se dio cuenta Santiago González -director de Convivencia del Ministerio del Interior y uno de los hombres más cercanos a Larrañaga- ordenó dar vuelta.

“Santiago me había llamado y me había dicho: ‘Jorge te adoraba, tus lágrimas son las de él, quiero que la caravana pare un segundo y le digas algo’”, contó a El País el intendente cercano a Larrañaga y compañero de militancia en Alianza Nacional.

“Y entonces pude abrazarme al coche. Lloré y le dije tres cosas: que había dado la vida por cuidarnos a todos nosotros, que había sido un grande, y que no le íbamos a fallar: que lo que habíamos aprendido con él era lo que teníamos que hacer”, contó Lafluf.

El dolor de la muerte inesperada de Larrañaga -dos veces intendente sanducero y compañero de fórmula presidencial, senador durante 20 años y candidato a presidente en 2004- estremeció y conmovió al sistema político, pero sobre todo golpeó en las almas de la gente de su tierra.

“Yo qué sé, era como el presidente para nosotros. Tan importante o más que el presidente, porque acá siempre ha sido Larrañaga. La gente siempre ha seguido al Guapo, y en esta última oportunidad, que no le fue tan bien como en otras, aquí se mantuvo como un bastión, como siempre”, dijo el edil blanco Javier Pizzorno.

Ya llegando a Paysandú, las camionetas estacionadas a la vera de la ruta comenzaron a verse con más frecuencia. Y de a poco, al paisaje sonoro se fueron sumando las bocinas, con la misma armonía que había despedido al féretro desde la circunvalación del Palacio Legislativo primero -en donde se llevaron a cabo las honras fúnebres por la mañana-, y de la casa del Partido Nacional después, en donde el cardenal Daniel Sturla lo despidió con el Padrenuestro.

Legado

Los rostros de los sanduceros, entumecidos por el frío, variaban desde la curiosidad melancólica dominical hasta la tristeza absoluta, firme, implacable. Un hombre se abrazaba con otro y lloraba bajo un poste de luz -a la entrada de la ciudad- mientras que algunos niños correteaban en el pasto de la rotonda, y un adolescente filmaba con su celular el lento paso de la caravana. En una esquina, en el centro, un grupo de policías esperaba el paso de los vehículos haciendo la venia, y con las sirenas de las motos encendidas.

Una larga fila de vehículos acompañó el féretro del ministro del Interior Jorge Larrañaga en un recorrido que llevó seis horas. Foto: Fernando Ponzetto

Ya era noche cerrada cuando la caravana llegó a la casa velatoria (en la plaza Varela), luego de un largo viaje de cerca de seis horas. Todo terminó como empezó: aplausos, gritos y clamores a “El Guapo” cuando el ataúd, envuelto en el Pabellón Patrio y la bandera del Partido Nacional, salió del coche y se hizo visible para la gente.

Los micrófonos y luces se encendieron nuevamente y, también como al inicio, buscaron declaraciones. Allí estaba, entre otros, el intendente de Paysandú Nicolás Olivera, que en diálogo con El País sentenció que el “vacío” que deja con su muerte el ministro del Interior “no se llena”.

“Lo que él hizo en Paysandú y lo que deja rompe el molde. No vamos a encontrar a otro igual”, sostuvo Olivera. “Escribió las páginas de la historia de hoy, y hay generaciones que ya lo conocen sin haberlo visto como intendente. Hay una tradición oral sobre su forma de gobernar, de actuar y su humanidad, que se sigue transmitiendo”, finalizó el intendente.

Fuente: Elpaís