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Consumo de drogas durante el embarazo preocupa a médicos

El 37% de embarazadas en el Pereira Rossell admite haber fumado marihuana antes de enterarse de su gestación, y el 5% continuó después.

Pie de bebé. Foto: Shutterstock

Existe la falsa idea de que mojarse los labios con alcohol durante el embarazo no genera mayores daños. Tampoco compartir un ambiente cerrado con un fumador. Muchos menos fumarse un porro para relajarse. Y aunque las consecuencias no siempre se traducen en malformaciones visibles, los neuropediatras y neonatólogos uruguayos observan con “preocupación” la baja percepción de riesgo que hay sobreel consumo de drogas durante la gestación y los meses que le siguen. Tanto que el 37% de las madres atendidas en el Pereira Rossell que participaron de un estudio de Facultad de Medicina declararon haber consumido marihuana hasta enterarse del embarazo y un 5% lo siguió haciendo una vez enterada. Siete años antes, según el mismo estudio, eran casi la tercera parte.

Los primeros 1.000 días del ser humano son como el primer reparto de cartas: son la mano con la que el individuo jugará el resto de su vida. Pero a diferencia de un juego de naipes en el que la suerte prima sobre la capacidad de cambiar el destino, en la vida humana, estiman los científicos, solo una cuarta parte responde a la genética. El resto es el impacto del ambiente: la comida, la estimulación, el afecto, la limpieza, el humo de tabaco y un largo etcétera. Por eso en épocas de crisis económicas los neuropediatras y neonatólogos reciben con más frecuencia bebés con problemas del desarrollo: un retraso en el movimiento, en el habla, en cómo siguen la mirada y hasta una cabeza más chica.

La crisis de 2002 no fue la excepción. El catedrático de Neuropediatría Gabriel González, y el profesor agregado de Neonatología Mario Moraes, comenzaron a notar algunos problemas en los recién nacidos. Por ese entonces había irrumpido en Uruguay una droga que se sabía era la resaca de la cocaína, pero sobre cuyo impacto se conocía poco: la pasta base. Por eso decidieron estudiar el consumo de la sustancia que declaraban las madres y lo contrastaron con muestras biológicas.

La primera materia fecal (conocida como meconio) guarda información de aquello que consumió el bebé desde la mitad del embarazo. Una gestación a término demora unas 40 semanas. El meconio comienza a formarse entre las semanas 16 y 20 del embarazo. Sobre lo que sucedió previo a esas fechas no encontraban manera de averiguarlo; era solo el recuerdo y la honestidad declarativa de la madre. Pero si había consumo de una droga tras la mitad del embarazo casi seguro que se encontraban trazas en la deposición.

El estudio se afianzó, ganó el Premio Nacional de Medicina y, con el correr de los años, se fueron afinando las técnicas. En la última edición, cuyos resultados se acaban de conocer, los médicos dieron un paso más: en lugar de estudiar la primera materia fecal del bebé, optaron por centrarse en la información que guarda el cabello de la madre.

Bebé con un muñeco. Foto: Pexels

“El pelo crece a razón de un centímetro por mes. En los últimos nueve centímetros del pelo se conserva un montón de información del consumo de la madre en esos nueve meses de embarazo. Y con eso podríamos conocer lo que aconteció durante casi toda la gestación”, explica el neonatólogo Moraes.

Fue así que descubrieron que estudiando solo lo ocurrido en el primer trimestre del embarazo había un 2% de las mujeres (sobre una muestra de 180 embarazadas) en las que se constataba “un alto consumo de alcohol o embriaguez”. El análisis del cabello y los niveles fueron establecidos por el Instituto Técnico Forense de Chile, adonde el equipo uruguayo envió el material.

Según el catedrático de Neuropediatría, “esta medición solo tuvo en cuenta un consumo alto y se supone que, si era tal el consumo en el primer trimestre, es probable que estas personas hayan seguido consumiendo”. Pero, a la vez, “parecería haber una disminución del consumo de esta droga respecto a años anteriores y un incremento de otras sustancias (como la marihuana)”.

El relevamiento de datos fue previo a la pandemia, por lo cual no hay información estadística sobre cómo fue la variación en la emergencia sanitaria. Sin embargo, González advierte que otros estudios, como el inventario INDI que se implementa en la educación inicial, “parece mostrar algunos empeoramientos” en el desarrollo. Sobre el consumo de drogas, en cambio, la Junta Nacional de Drogas no tiene información cabal sobre si COVID-19 modificó el consumo. Se sabe que creció la venta de vinos, pero bajó la de los destilados.

“Las drogas, en particular el alcohol, influyen, pero no son la única causa. Encontramos un montón de casos de madres solas que estaban deprimidas y eso influía mucho más que el alcohol”, aclara el neuropediatra González. Esos otros aspectos ambientales sí pueden haberse incrementado en la pandemia.

Ahora bien, la literatura científica validada en los congresos internacionales de Pediatría confirma que el alcohol influye. Si bien a mayor ingesta el riesgo puede aumentar, “no existe riesgo cero por más mínimo que sea el consumo”, asegura el neuropediatra. Eso quiere decir que “nada de ‘tomo un poquito para mojarme los labios’. Cero es cero”.

En este sentido, el neonatólogo Moraes es enfático: “El alcohol es un teratógeno; produce malformaciones en la médula espinal y en el cerebro que incluso pueden llegar a una microcefalia (cabeza chica)”.

Cada vez que hay una campaña de desestímulo del consumo (como fue con el tabaco tras la primera administración de Tabaré Vázquez), “eso tiene su correlato en una baja del consumo entre las embarazadas”.

En el caso de la marihuana, los sobres que se venden en farmacias para uso “recreativo” tienen advertencias sanitarias. Sin embargo, recalca el neuropediatra González, “está la falsa idea de que como es una planta está todo bien, es todo natural, no existe toxicidad”. Las recomendaciones “de todas las sociedades científicas indican que, aunque no sean tan visibles como el alcohol, el feto tiene receptores endocannabinoides y por tanto el consumo a través de la madre gestante causa un efecto”.

Para que la sustancia llegue al feto tiene que haber pasado por la madre. Pero los investigadores aclaran que “no hay que cargar todas las tintas sobre las mujeres”. Porque además de la influencia de los convivientes -fumando u ocasionando un ambiente hostil-, concluye González, “está la responsabilidad de toda la sociedad de entender que entre el embarazo y los 1.000 primeros días de vida se nos va el futuro como humanidad”.

Inversión que redunda en “mejor desarrollo”

Entre el 1% y 3% de la población mundial tiene retardo mental (ahora conocido como trastorno de desarrollo intelectual). En los países más pobres, en los que hay más consumo de drogas, peores condiciones para los niños y menos inversión en primera infancia, como el África subsahariana, alcanza al 10%. En los países escandinavos, que son el ejemplo contrario, el porcentaje es inferior al 1%. “El cerebro de un niño pobre no tiene la misma estructura que un niño no pobre: tiene las áreas frontales más chicas y menos conexiones”, dice el neuropediatra Gabriel González. Esto, agrega, “los países escandinavos lo entendieron muy bien hace tiempo: intentan captar a las madres en situación de riesgo, las acompañan a los controles médicos, les ayudan con la buena alimentación, con las dosis de hierro, con estimular al niño cuando nace leyéndole, compartiendo, generando cuidados y haciendo una verdadera inversión en infancia”. En este sentido, dice González, “la inversión en primera infancia no es un gasto… es una inversión”. El neuropediatra celebra que el Parlamento haya aprobado un incremento presupuestal para niños de cero a tres años, pero advierte que los planes y proyectos no deberían ser parte de una contienda electoral, sino una política de Estado. Pone el ejemplo de Uruguay Crece Contigo, un programa dedicado a la protección de la primera infancia. Según González, en una situación de crisis y de caída de la natalidad como la actual, en la que es relevante potenciar al máximo a cada niño, más importante aún es la inversión en infancia y “no politizar” los programas. “Como sociedad deberíamos estar más preocupados en estos temas: en garantizar lugares de cuidados, una buena alimentación, centros de estimulación temprana, que en la cantidad de niños con COVID-19”. La ecuación es sencilla, agrega el neonatólogo Mario Moraes: “Mejor ambiente de crianza y menos ambientes tóxicos redundan en un mejor desarrollo”.

Fuente: Elpaís