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Conrado Estol: “Sigo sabiendo decir que no sé”

El prestigioso neurólogo argentino elogia al GACH y la estrategia de Uruguay de recurrir a especialistas de varias disciplinas para enfrentar la pandemia.

Conrado Estol. Foto: El País

El prestigioso neurólogo argentino Conrado Estol habló con El País acerca de la pandemia, del síndrome pos-Covid, de la relación entre ciencia y democracia, y del valor que la actualización tiene para hacer medicina. Estol elogia al GACH y la estrategia de Uruguay de recurrir a especialistas de varias disciplinas para enfrentar la pandemia, y lo compara con lo que sucede en su país. “En la Argentina no siempre se elige a los mejores para una tarea, lo cual entraña un problema cultural grave”, dice. De lo que le deja esta pandemia, Estol destaca la aparición de nuevos medicamentos y “trabajar junto a colegas, lo cual implica que no exista el concepto de envidia”.

“Eccellenza, buonanotte”, le decía, mientras hacía la venia, un soldado de la Guardia Suiza. Y después de mostrar un llavero verde destinado a muy pocos, Conrado José Estol Guevara (Nueva York, 1960) atravesaba las puertas del Vaticano, cuyos misterios, desde la Sala de las Lágrimas hasta la majestuosa Piedad que engalana la Basílica de San Pedro, lo siguen fascinando.

El doctor Estol es uno de los neurólogos más sólidos de América Latina, sus méritos requerirían una página entera como esta que usted está leyendo, y fue invitado en cinco oportunidades, por tres Papas distintos -Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco-, a exponer en la Pontificia Academia de las Ciencias, donde los temas sobre los que disertó fueron muerte cerebral, ateroesclerosis, genética vascular y la relación entre polución del aire e infartos.

Estol, cuya madre practica el catolicismo y cuya esposa practica el judaísmo, es, sin embargo, un agnóstico que se alejó de la Iglesia a los 15 años, pero que muy pronto se abrazó a la ciencia con un fervor no exento de rigurosidad. Desde esa posición, al comienzo de la pandemia y tras mucho leer sobre la experiencia asiática y adentrarse en terrenos que le eran ajenos, como la ingeniería y la biofísica, contradijo a la Organización Mundial de la Salud, destacando la necesidad imperiosa de utilizar el tapaboca para luchar contra esta enfermedad insoportable. Pero él, un especialista en accidentes cerebrovasculares, lo atribuye a la casualidad.

Admirador mutuo del uruguayo Rafael Radi, hijo del ingeniero aeronáutico Conrado Dalmiro José Estol Rodríguez, nieto del notable periodista Horacio Estol, pariente lejano de Ernesto “Che” Guevara De la Serna Lynch, y padre de cuatro hijos de los que está particularmente orgulloso, el mundo de Estol no se circunscribe solamente al área en que se destaca. Y como si hiciera falta, el argentino lo demostró hace pocas horas en esta charla con El País.

– Usted pertenece a la tierra de Bernardo Houssay, de César Milstein y de René Favaloro. Pero además de esos prohombres, Argentina tiene hoy algunos médicos de primer nivel en muchísimas especialidades, desde neumólogos como Juan Antonio Mazzei hasta internistas como Aldo Barsanti y Roberto Reussi, infectólogos y pediatras como Fernando Polak, oftalmólogos como Alejandro Aguilar y neurólogos como usted mismo. ¿Por qué el gobierno de Alberto Fernández se rodeó solo de especialistas de un área, y por qué no eligió a los mejores?

-Lo del “área sola” tiene que ver con que la pandemia los tomó por sorpresa y, por lo tanto, el Ministerio de Salud no se dio cuenta de que debía impulsar una mezcla de ciencias que incluyera la ciencia clínica, la ciencia básica y las ciencias duras. Por eso yo he citado como ejemplo tantas veces al Gach. Así que no entendieron eso y, como parecía que se trataba de una infección, llamaron a infectólogos. Yo de esto no sabía, porque soy neurólogo. Pero con poca lectura quedaba claro que había que recurrir a distintos especialistas, como hizo Uruguay, y con pocos líderes. Si no, la responsabilidad se diluye. Fijate que en Estados Unidos el combate básicamente lo ha liderado Anthony Fauci. Incluso, en el consejo asesor del presidente Fernández había dos miembros que eran familiares entre sí, algo que yo hubiera evitado. A nosotros nos cuesta volver para atrás y decir: “Muy bien lo de los infectólogos, pero además voy a llamar a estos profesionales”. Aparte, en la Argentina no siempre se elige a los mejores para una tarea, lo cual entraña un problema cultural grave. El médico debe ser idóneo y honesto. Pero como la meritocracia no rige, es muy difícil saber quién es quién.

-Hace pocos días usted mantuvo una discusión agria con Sergio Berni, un hombre muy importante dentro del kirch-nerismo. Entre otras cosas, calificó a Putin como “dictador”, y a su régimen como “criminal”. Más allá de la excelencia que tiene la vacuna rusa, ¿cuánto le preocupa la opacidad que para hacer ciencia requiere un régimen de esa naturaleza? ¿Y cuánto le preocupa China, cuyo liderazgo, según el analista Carlos Pagni, “ha adquirido rasgos mandarinescos”?

-Con Berni la discusión fue fuerte pero civilizada. Lo que quise decir es que a Putin lo han acusado por actos criminales, y que es un dictador. Pero yo me dedico a la ciencia, que principalmente consiste en trabajar y escribir papers que, para ser publicados en una revista, deben ser juzgados por pares muy capacitados de todo el mundo, con lo cual buscamos la transparencia. Entonces, a mí no me sorprende que la Argentina haya mostrado una inclinación tan grande por China y por Rusia. Y la excusa que dieron para no comprarle a Pfizer no es sostenible. Con Rusia tuvimos mucha suerte porque, como corroboró la revista Lancet, es una vacuna excelente. Pero antes no habían sido transparentes. Así que nos salió bien por las razones equivocadas. Respecto a China, es un país que ha sacado a millones de personas de la pobreza, que se ha urbanizado y que ha crecido mucho. Aunque sin transparencia y sin apertura, si estamos hablando de ciencia y no de política, la conversación no puede seguir.

-En una época en que vertiginosamente los médicos aprenden que fármacos o tratamientos que creían nocivos o inútiles pasan a ser claves para luchar contra el Covid, ¿qué importancia tienen los valores de la actualización, la autocrítica y la flexibilidad, que de alguna manera distingue a un verdadero clínico de un burócrata que aplica directivas de un organismo internacional y se basa en la evidencia robóticamente?

-Lo que estás diciendo es fantástico, y es la clave de poder ser un buen médico. Y también es Darwin, pero no porque sobreviva el más fuerte, sino el que más se adapta. Yo me formé en Estados Unidos, aunque me olvidé de todo lo que me enseñaron formalmente. Sin embargo, me enseñaron a decir “no sé”, a preocuparme por eso que no sé y a no estar orgulloso por lo que sé. Mi jefe, Louis Caplan, que es un neurólogo impresionante y hasta hay enfermedades que tienen su nombre, repetía constantemente: “No sé, Conrado. Nos equivocamos. No debimos haber hecho esto con este paciente. Tenemos que volver al colegio”. Sin adaptación y sin flexibilidad, es imposible ser un buen profesional. Por algo Benjamin Franklin decía que el mejor médico es el que reconoce lo inútil de la mayoría de los medicamentos. En esta pandemia han aparecido diez millones de cosas que podían ser útiles. La mayoría no sirvió. Pero la dexametasona, por ejemplo, ha sido una gran revelación. Y lo otro esencial es trabajar junto a colegas, lo cual implica que no exista el concepto de envidia. Yo estuve hasta los 33 años en Estados Unidos y nunca lo había percibido.

-Durante ese largo pasaje, usted recibió una formación de élite. ¿Qué aprendió de la mentalidad estadounidense en Harvard, en la Universidad de Pittsburgh y con mentores como Caplan?

-La frase lo dice: “Si vi más lejos, es porque me paré en el hombro de gigantes”. Yo lo que tuve, Pablo, es mucha suerte. Ya grande, con la vida hecha, pienso: “Dios, ¡dónde tuve la chance de formarme!”. Nadie te enseña a ser un role model. Caplan, que es una especie de segundo padre, fue el role model número 1 que tuve. Y lo interesante es que el gigante no tiene miedo de que le hagan sombra, sino que se rodea de profesionales competentes que lo engrandecen aún más. Generosidad, humildad, unión y sentido de la colaboración son algunos de los valores que admiro de él.

-¿En qué medida, entonces, haber vuelto a la Argentina fue un acto de masoquismo imperdonable?

-(Ríe). Yo volví porque conocí a una argentina que estudiaba Economía en el MIT, me enamoré y, 33 años después, veo que no me equivoqué. Ella pensaba volver a la Argentina, donde vivía toda su familia. Y esa opción no me disgustaba, porque mis padres también vivían en Argentina. Entonces, nací en Estados Unidos, hice toda la residencia allí y recibí una oferta para seguir trabajando en Boston como profesor asistente, con lo cual regresar de alguna manera era una locura. Tener licencia para trabajar como médico en Estados Unidos y volver no parecía muy razonable. Pero yo estaba enamorado, mis padres vivían acá, y para criar hijos consideraba que el ambiente latino era mejor que el americano. Así que me convencí a mí mismo. Y pensé que podría llegar a hacer un aporte a la medicina argentina, especialmente en el área del accidente cerebrovascular, lo cual en la práctica plasmé en la Unidad de ACV del Sanatorio Güemes. Hubo factores muy típicos de nuestra sociedad por los cuales no pude contribuir co-mo me hubiera gustado. Pero finalmente, y de manera paradójica, un fenómeno inesperado, gravísimo y triste, como la pandemia, me permitió contribuir leyendo sobre la enfermedad, informándome y traduciéndole a la población algo que creo que ha ayudado a que hubiera menos confusión.

“A pacientes graves hay que darles el alta con supervisión”

-¿Qué secuelas neurológicas produce el Covid, y cuán grave puede llegar a ser el síndrome pos-Covid?

-Una cosa es el síndrome pos-Covid, y otra el estado pos-Covid. Hoy sabemos que a personas que han sufrido una agresión severa vos tenés que darles el alta con supervisión, porque se ha visto un índice de reinternación relativamente elevado en los primeros dos meses, y con alta mortalidad. Después viene el síndrome, que incluye muchas secuelas neurológicas, desde algunas inusuales, como inflamación de nervios y debilidad en los cuatro miembros, hasta muy populares, como la “niebla cerebral”, que hace que los pacientes se sientan inseguros, como caminando sobre algodones, y con problemas de concentración. Lamentablemente, como el Covid favorece la formación de trombos, puede producir trombosis en las piernas, y ha habido algunos ACV, aunque no con la frecuencia que algunos colegas sospechaban. Por supuesto, también está la pérdida del olfato, que es desagradable y que en el cerebro está integrada con el gusto.

Fuente: Elpaís