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Aumentan las secuelas sanitarias en pacientes que superaron el COVID-19

Seis de cada diez pacientes presentan al menos un síntoma -como fatiga o insomnio- después de seis meses de haber superado una infección aguda del nuevo coronavirus.

El 17 de mayo vuelven las cirugías coordinadas y los prestadores están obligados a realizar pruebas de diagnóstico de cáncer. Foto: Archivo El País

El impacto sanitario del SARS-CoV-2, ese diminuto virus que cabe más de 400 veces en el grosor de un cabello humano y que causa la enfermedad del COVID-19, va más allá de los 155 millones de infectados en el mundo y los más de 3,2 millones de muertos. Con el paso de los meses se agravan los diagnósticos tardíos de cánceres, aumentan los fallecidos que partieron sin el debido cuidado paliativo, crecen las dolencias psíquicas, se aplazan los trasplantes. Al mismo tiempo, se reportan con más frecuencia secuelas -a veces incurables- de quienes superaron la infección. Y Uruguay no está ajeno a nada de esto.

Cuando Luis Eduardo Benenati abandonó el hospital tras haber superado el COVID-19 y una infección urinaria por la baja de las defensas, el mismo día de su cumpleaños número 70, tomó su mejor bocanada para hacerse del aire suficiente que le permitiera apagar las velas que brillaban sobre la torta. Casi cuatro meses después, sigue necesitando hacerse de fuerza para caminar unas pocas cuadras antes de que el corazón le empiece a latir con prisa y los pulmones le reclamen un poco más de oxígeno.

Apenas unas semanas antes de la internación por COVID-19, marchaba entre tres y cuatro kilómetros diarios sin mayor dificultad. Ahora se la pasa cansado y soplando un tubo con pelotitas que indican su capacidad pulmonar. La neumóloga le dijo que el suyo es un típico caso de “afectación poscovid”.

Seis de cada diez pacientes presentan al menos un síntoma -como fatiga, insomnio, pérdida de gusto u olfato- después de seis meses de haber superado una infección aguda del COVID-19. Así lo demuestran distintos estudios realizados en Estados Unidos y Wuhan, la ciudad china en la que el nuevo coronavirus fue hallado por primera vez, y así se observa cada vez con mayor frecuencia en Uruguay, explica el otorrino Hamlet Suárez, que coordina el equipo de especialistas del GACH.

El aumento de las infecciones graves que viene causando el SARS-CoV-2 entre la población uruguaya -casi 1.500 ingresos al CTI en el último mes- les ha permitido a los médicos encontrarse con algunas patologías específicas entre los pacientes que superan el COVID-19: la más reportada como daño definitivo es la neumonitis crónica poscovid.

Pero estas secuelas son solo una parte del agravamiento sanitario que está causando la pandemia. Suárez coordinó un informe que actualiza los datos de efectos no-COVID en Uruguay y que el viernes será presentado a los coordinadores del GACH. La actualización da cuenta, entre otros hallazgos, que desde el comienzo de la pandemia y hasta el término del primer trimestre de este 2021, los registros de cánceres cayeron un 23%. “La baja no es solo por la falta de pruebas de diagnóstico, sino porque la reducción de la movilidad causó problemas en los equipos que asisten en el interior del país y porque la atención toda se vio afectada”.

Test de coronavirus. Foto: Pixabay.

En los dos primeros meses del año pasado, cuando el COVID-19 era algo que acontecía en el Lejano Oriente, en Uruguay se realizaban unas 30 pruebas de Papanicolaou por hora para detectar un posible cáncer de cuello de útero. En los primeros dos meses de este 2021, con el virus circulando por el país, este tamizaje cayó un 61%. Las mamografías descendieron 75% y los análisis de detección de sangre en las heces -usado para el diagnóstico de cáncer de colon- se redujeron 45%.

Estas caídas de las pruebas son más acentuadas que las vistas durante el segundo semestre del año pasado, cuando la baja había llevado a una advertencia por parte de la comunidad médica, cuenta Lucía Delgado, investigadora principal del estudio “Impacto de la pandemia por COVID-19 sobre el control del cáncer en Uruguay”. Según la oncóloga, “es probable que estas reducciones sean mayores en marzo, abril y mayo, dada la agravación de la pandemia”.

Ante esta evidencia -que se extiende a otras disciplinas médicas- el Ministerio de Salud ordenó el retorno a las consultas presenciales a partir del 17 de mayo, a la obligatoriedad de los tamizajes y a la recoordinación de las más de 50.000 cirugías que se habían aplazado.

“El corte de la presencialidad de la asistencia médica está involucrado en los déficit observados es todas las especialidades médicas. La telemedicina es un aliado, pero no sustituye el cara a cara y, por tanto, hay que pensar alternativas de aforos y protocolos que permitan una continuidad asistencial”, dice el otorrino Suárez.

Pero el solo hecho de que se ordene la vuelta a la asistencia presencial, dice el especialista, no soluciona el otro problema: “el temor de las personas de acudir a una policlínica o un hospital”.

Telemedicina. Foto: Shutterstock

A fines del año pasado, Suárez y su equipo del GACH habían advertido que se corre el riesgo de un “efecto boomerang”: los cánceres y problemas cardiológicos se detectan en forma tardía, aumenta la carga en cuidados intensivos (que es lo que se quería evitar), crece la morbimortalidad y el “remedio” termina siendo más caro que la enfermedad (incluso en dinero).

En este sentido, la actualización de datos alerta que, en base a evidencia internacional, es de esperarse un aumento de las muertes por patologías oncológicas durante los próximos cinco años. Pero la afectación no se dará solo en el final de la vida, sino también en el comienzo: hay un retraso en los controles de embarazo, eso lleva a más riesgos en la gestación, mayor depresión materna y falta de asistencia al embarazo en adolescentes. Todo eso también es una consecuencia colateral de ese diminuto virus que cabe más de 400 veces en el grosor de un cabello humano.

Tras la inmunidad biológica se necesitarán “dosis de salud mental”

“La vacuna nos ayuda a la inmunidad biológica, pero vamos a precisar seguir dando dosis de salud mental, de salud emocional”. Así lo dejó en claro el psicólogo Alejandro De Barbieri, quien compareció ante la comisión parlamentaria que da seguimiento a la situación de la emergencia sanitaria causada por el COVID-19. El especialista en salud mental dijo que “nuestro psiquismo y nuestra biología se prepararon para el choque en 2020 y todos estábamos tolerando el impacto, pero, al cronificarse eso en el tiempo, se generan trastornos mentales, depresión, estrés y ansiedad”.

En este sentido, su colega Roberto Balaguer señaló ante los legisladores que “la pospandemia es mental. Así como la pandemia actual está poniendo a prueba los sistemas de salud, los tensiona, la pospandemia pondrá también a prueba los sistemas de salud mental en el más amplio sentido”.

Los extremos poblacionales -léase los más adultos y los más pequeños- están siendo algunos de los sectores más desafiados. De Barbieri explicó que “a nivel educativo, se refleja en ausentismo laboral, abandono escolar, dificultades para el desarrollo cognitivo en los niños y en los adolescentes, en una edad fundamental en la que precisan a sus pares. Los adultos mayores también ven afectado su sistema cognitivo y presentan atrasos en los procesos que están desarrollando si no ven a sus familiares o si no están en contacto con otros grupos”.

En la actualización de datos del GACH, por ejemplo, se da cuenta de que menos del 7% de las consultas psicoterapéuticas se mantuvieron cara a cara.

Cuidados paliativos no llegan a todos los pacientes

La enfermedad que causa el SARS-CoV-2 carece de cura. Las vacunas son, hasta el momento, la única herramienta probada por la ciencia para reducir los casos más graves y las muertes por esta infección. De ahí que más del 60% de los equipos de cuidados paliativos de Uruguay haya tenido que atender a pacientes críticos con Covid para que el padecimiento sea más llevadero. Pero, así como los cuidados paliativos incorporaron esta patología, han reducido la atención “en todas las otras”, explica la especialista Gabriela Píriz.

Desde que comenzó la pandemia y hasta fines de abril de 2021, menos de la mitad (45%) de los equipos de cuidados paliativos pudieron mantener una atención “normal”. El resto vio reducida la asistencia (51%) o directamente no pudo realizar asistencia alguna (4%). Eso hizo que algunos pacientes no recibieran el debido cuidado para una muerte digna: con menos dolor.

Fuente: Elpaís