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Sesenta días sin ceder a la ludopatía: “Llegué a tener más ganas de apostar que de vivir”

El exfutbolista Pablo Melo narra, a corazón abierto, todo lo que perdió por su adicción al juego. Y ahora está recuperando.

Sesenta días sin ceder a la ludopatía: “Llegué a tener más ganas de apostar que de vivir”

El exfutbolista Pablo Melo narra, a corazón abierto, todo lo que perdió por su adicción al juego. Y ahora está recuperando.

Por César Bianchi
@Chechobianchi

Conmovió ver a Pablo Melo (43), aquel zaguero recio y rudo de Cerro, contar con detalles su adicción al juego en una mañana dominguera en Canal 12. Visiblemente emocionado, al borde del llanto, Melo eligió esa entrevista en el Polideportivo para hacer confesiones que tenía apretadas entre pecho y espalda. Dijo que la ludopatía era una “adicción silenciosa” que le arrebató todo lo que más amaba.

Hace tres meses y medio, en esa entrevista, sorprendió con otra confesión añadida: todavía seguía, ocasionalmente, apostando. Melo se mostró vulnerable —no débil—, pero dijo querer salir de una vez por todas de ese calvario. Un trimestre después, en un café montevideano, la realidad del exdefensor, que pasó por Nacional y defendió la blusa celeste de Uruguay, cambió por completo. Melo cuenta ya casi dos meses de abstención al juego, ese demonio invisible que le hacía depender de las apuestas electrónicas unas 17 horas diarias y que le hizo perder, por lo menos, 1.000 dólares por mes.

El dinero dilapidado fue solo una parte de todo lo que Pablo perdió. Se tuvo que separar de su pareja, dejó de ver a sus hijos, se alejó de sus amigos, perdió empleos. “Tenía más ganas de apostar que de vivir la vida”, me dijo. Hoy su vida es otra. Se dejó ayudar por la fundación Aconcagua y concurre todas las mañanas a un tratamiento ambulatorio. Ya no usa aplicaciones de juego ni tiene bancos acechando. A su propia madre le da cuentas de cada compra realizada, desde cargar la tarjeta STM a un juguito.

Y alerta: el negocio de las casas de apuestas electrónicas es tan poderoso que ha llegado al fútbol —basta ver las tandas de los partidos nacionales e internacionales— y “muchos clubes atentan contra sus propios jugadores”, tentados por la “plata dulce” del azar.

Hoy trabaja para el personal de recaudación de la AUF y hace las veces de guardia de seguridad en eventos deportivos y en espectáculos de música con la empresa Keeper. Está intentando recuperar el tiempo —también perdido— con sus hijos y ha recibido el auxilio de muchos amigos que estaban distanciados. Melo cree que ya no está “enfermo”, pero sabe que debe estar “alerta” porque la adicción le habla al oído y lo invita a un jugar un poco más.

Foto: Javier Noceti/Montevideo Portal.

 ¿Quién sos?

Soy un tipo que ha sufrido bastante los reveses de la vida. Me tocó jugar al fútbol profesionalmente 20 años. Y, después, en la vida fueron pasando cosas, frustraciones, cosas del pasado sin sanar, reveses de la vida donde uno queda tambaleando y por ahí también se le complica y dificulta hacer las cosas como las debería hacer.

Soy una persona no muy optimista, en realidad… Con lo que tuve, hice bastante, pero siempre veo el vaso medio vacío y no el lleno. Después de que dejé de jugar al fútbol, creo que me di cuenta de muchísimas cosas que hubiese hecho y mucha gente que hubiese dado lo que fuera por tener en ese medio vaso lleno que tuve la suerte de tener. Entonces, es importante también valorar las cosas que uno logró y no lamentarse por lo que faltó.

Debutaste en primera con Cerro a los 17 años. ¿Cómo recordás ese momento?

Hermoso… Debuto como titular en un partido contra Nacional donde íbamos perdiendo 1-0 y en la hora hay un córner. La agarro y le doy el pase a Álvaro Pintos y termina en el gol del empate. Para mí fue una satisfacción enorme porque el equipo venía de perder 6-2 con Danubio, y [el DT Jorge] Culaca González me da la oportunidad de jugar tan joven y sin experiencia. Que haya salido bien fue increíble porque son de los momentos que uno no se olvida. Debutar y tener participación directa en el resultado.

¿Y los estudios? Abandonaste tempranamente…

Sí, me tocó viajar a Nueva Zelanda con la selección y cuando volví, prácticamente, Culaca González ya había hecho una selección de jugadores de formativas donde unía Quinta, Cuarta y Tercera división y salí preseleccionado para eso. Entre siete y ocho jugadores fuimos ascendidos al primer equipo. Tengo segundo año aprobado, hice tercero en el 99, pero ya ahí dejé y lo volví a retomar ahora con el tema de las pruebas por intermedio de la Mutual [de Futbolistas] y pude cerrar el ciclo básico.

“Jugar en la selección es de los placeres más lindos que me ha tocado vivir en la carrera. Vestir la camiseta ya de chico es tremendo, con 15 y 16 años tuve la posibilidad de usarla en los sudamericanos. Fue una sensación increíble porque fue mucho más difícil llegar ahí porque yo jugaba en Cerro”

Tuviste un pasaje por Nacional en 2008. ¿Cuánto te cambió ese pase, por las implicaciones de jugar en un grande?

Fue un año solo y todavía me recuerdan, habiendo pasado tantos jugadores representativos de Nacional. Y eso que tampoco fui un jugador que se destacó demasiado. Pero sí me dio una visibilidad tremenda en el entorno, en el ambiente, que hasta el día de hoy, que pasaron ya casi 18 años, la gente tiene recontra presente ese año de mi carrera.

¿Qué significa para un futbolista llegar a la selección de su país?

De los placeres más lindos que me ha tocado vivir en la carrera. Vestir la camiseta de la selección ya de chico es tremendo: ya con 15 y 16 años tuve la posibilidad de vestirla en los sudamericanos. Fue una sensación increíble porque, aparte, era mucho más difícil llegar ahí porque yo jugaba en Cerro y en esa etapa eran todos jugadores de Nacional, Peñarol, Danubio y Defensor. Había muy poco margen para los equipos chicos. Y tener la posibilidad de haber tenido esa satisfacción y poder vestir la Celeste y viajar con Uruguay y los traslados del hotel a los estadios…  Se fue viviendo un mundo hermoso de vivir, saber que estabas representando a tu país y con una responsabilidad enorme, siendo un jugador tan chico que estaba en pleno crecimiento.

También te tocó representar a Uruguay en la mayor, con Juan Ramón Carrasco primero y después con Jorge Fossati.

Sí, jugué muchos amistosos con Juan Ramón, me acuerdo en el País Vasco, Jamaica, en Estados Unidos contra México, después la revancha en México también. Fueron unos cuantos partidos que tuve la posibilidad de vestir la Celeste. Con 21 años debuté en primera en la selección y estuve en Eliminatorias solo en un partido, que fue el partido durísimo ese que nos toca perder con Venezuela 3-0 en el estadio. Fue el único partido que tuve la posibilidad de estar en el banco y no ingresé, pero son recuerdos que quedan para siempre.

Después tuve una etapa con Fossati —que fue el que vino después de Juan Ramón—. Yo estaba pasando un buen momento, pero no tuve la chance de poder jugar y tener continuidad con la selección.

Llegaste a ser, de algún modo, jugador fetiche de Gerardo Pelusso. Te dirigió en Cerro, Danubio y Nacional... Es linda cosa sentir que confían en vos, ¿no?

Sí, con Gerardo tuve una relación muy especial, más allá de que no éramos amigos ni nos visitábamos fuera del ambiente laboral, él siempre confió mucho en mí. Me vio condiciones en Cerro, después me llevó a Danubio, después me llevó a Nacional. Yo, después de que dejé de tener representantes, me manejé siempre con recomendaciones y a cada lugar que fui del exterior era recomendado por Gerardo. Para mí fue como un padre futbolístico en mi carrera, porque siempre me tuvo en cuenta. Cuando no me pudo llevar a sus equipos me recomendó para ir a otros.

En ese gran momento, tuviste una "casi transferencia" que no se dio, y que te pudo haber auxiliado económicamente: ibas a ir a Newell's Old Boys de Argentina, y se cayó porque venía Ariel Burrito Ortega. ¿Qué pasó ahí?

El primer pase fue el que salió mal y por eso uno a veces habla de las frustraciones, porque fue el primer golpe grande que tuve: salir del fútbol uruguayo a conocer otra cultura, otro fútbol. En ese momento, Argentina era una locura, la diferencia era abismal: en entrenamiento, en rendimiento, en jugadores, en un montón de cosas.

Pasé, por ejemplo, de dar una nota por semana acá en Uruguay, cada vez que jugaba con un equipo grande, a pasar a tener notas en todos los entrenamientos por todas las cadenas televisivas. Fue un cambio grande, también en entrenamiento, pero creo que asimilarlo rápido también me dio la posibilidad de crecer en lo físico. Después, el golpe duro fue ese de no poder concretarse la transferencia porque justo se dio la vuelta a Argentina del Burrito Ortega a Newell's, y toda plata y recursos que había en Newell's fueron destinados a él.

Y tuviste otro traspié cuando casi te vas al fútbol de Turquía, y finalmente no se dio. ¿Cómo se sale de esas frustraciones? Porque pasás de poder ganar 30.000 dólares a volver al fútbol uruguayo a ganar 500 dólares o menos...

Fue durísimo, fue otra de las frustraciones que me tocó vivir, creo que de las más dolorosas. Porque, bueno, hay una diferencia económica y profesional. Entrar en Europa quiere decir que, si andabas bien ya tenías la posibilidad de hacer una carrera de 8, 10 o 12 años en Europa y hacer una diferencia grande. Uno, siempre, cuando está en ese momento, viene con todas las ganas de seguir y poder tener una nueva oportunidad. Pero claro que golpea porque uno lo asimila, lo cierra y lo sepulta ahí adentro, pero después eso se procesa y te termina haciendo daño en algún momento.

 “Me faltó preparación para saber cómo manejarme con los representantes. En 2003 yo tenía 21 años y con todo ese mundo… Debutar en primera, ya tener todas las tentaciones que hay en la vuelta, estar vinculado a las cámaras, uno entra en ese lío y es difícil discernir con claridad a esa edad”

¿Cómo te llevaste con tus representantes? ¿Dejaste de ganar alguna vez por falta de preparación para lidiar con quienes manejaban tu ficha?

Fue un tema complicado en mi carrera porque yo arranqué con 17 años. Al otro día ya tuve una llamada del grupo Casal, me acuerdo de Carlos Pato Aguilera, diciéndome de la posibilidad de poder representarme, que tenían ganas de trabajar conmigo. Al jugador que destacaba lo llamaban para tenerlo cerca de la posibilidad de alguna transferencia.

Pero fue una representación bastante nula porque me llamaban cada vez que cumplía años nada más, fueron dos o tres años. Un día de un partido en el [estadio] Nasazzi, me acuerdo de que le ganamos a Bella Vista 2 a 1 con un gol mío de tiro libre en la hora, cuando estábamos peleando el descenso, fue más o menos por 2003. Yo salgo de la cancha y me espera [el empresario] Pablo Bentancur en una camioneta y me dice: “Pablo, tengo ganas de hablar contigo. ¿Podés ir a la oficina el lunes?”. Me da la dirección y me presento en la oficina. Ahí empecé a trabajar con él. Me presta un apartamento, me presta un auto y me da un dinero, cosa que yo nunca había recibido anteriormente. Y bueno, él trabajaba muy bien. Se movía por muchos lados. Fue mi mejor momento ese, por 2003, 2004, cuando está lo de Newell's que se lo plantearon a él.

Estaba en tratativas de comprarme el pase a Cerro y estaban ahí que sí, que no, Newell's le manda la oferta de un préstamo a Pablo para la cesión del préstamo, Pablo dice que no porque estaba manejándose con Europa, España e Italia y bueno los de Newell's fueron inteligentes: fueron a Cerro y hablaron de que tenían ganas de comprarme el 70% del pase y Cerro, con la necesidad económica que siempre tuvo, me dijo: “Pablo, vámonos”, y bueno, ahí no tuve mucha opción como para pelear. Pablo no había hecho efectiva la compra y los derechos federativos los tenía Cerro que necesitaba plata. Ahí me abrí con él.

¿Sentiste que te faltó preparación para saber cómo manejarte?

Sí, yo creo que sí. En 2003 yo tenía 21 años y con todo ese mundo… Debutar en primera, ya tener todas las tentaciones que hay en la vuelta, estar vinculado a las cámaras, a los programas, a los ambientes, uno medio que entra en ese lío y es difícil discernir con claridad a esa edad.

Te retiraste a los 35 años, en 2016, cuando jugabas en Cerrito. ¿Sentías que el físico no te daba para más?

Lesiones no tuve nunca, más que tres desgarros en más de 500 partidos. Lo que sí, siempre jugué excedido de peso: tres, cuatro, cinco, ocho kilos. Acá en Uruguay siempre jugué porque me daba el físico, porque el fútbol no era tan profesional como cada vez que yo salía afuera y tenía que ponerme a punto para rendir.

Entonces, venía acá y capaz que entrenaba dos veces por semana y jugaba el fin de semana. Nunca fui profesional ni en la alimentación ni en el entrenamiento; jugaba porque tenía condiciones. Si me hubiese exigido más, capaz que hubiese tenido otra oportunidad. Pero sí, los últimos años sentí que hubo un desgaste emocional, un cambio generacional de entrenadores y de canchas que hicieron que pasaran de ser dos o tres jugadores chicos por equipo a que pasaran a ser todos chicos y dos o tres grandes.

Entonces, ya la competencia, físicamente, era despareja, porque no es lo mismo un cuerpo de 90, 95 kilos, que un puntero de 60, 65. Y bueno, me costaba. Y yo siempre fui de sobreexigirme mucho, entonces sentí que no terminaba los partidos como me gustaba terminarlos y decidí dar un paso al costado.

El imaginario colectivo piensa en un futbolista y se lo imagina millonario y exitoso, como Suárez o Cavani. Pero no todos pueden hacer una diferencia económica. De hecho, no todos consiguen la transferencia salvadora a un equipo poderoso. ¿Por qué no pudiste tenerla vos? ¿No supiste administrar el dinero ganado?

Yo creo que nunca tuve respeto por el dinero. Si bien no manejé muchas cantidades, siempre que empecé a jugar al futbol tenía la posibilidad de tener un mango en el bolsillo y quise disfrutarlo tanto en familia como con amigos.

Creo que nunca tuve la responsabilidad que merece tener el tema financiero, porque no tuve un registro anteriormente y, entonces, fue todo de golpe como se me dio. Lo manejé como pude, a mi manera. No jugué en equipos de Europa, donde se hace una diferencia abismal, jugué en equipos de Sudamérica, donde hace 10-15 años se ganaba 5.000 o 6.000 dólares y te daba para vivir bien, pero no te daba para guardar.

A lo largo de mi carrera tuve un tropiezo importante que es un tema de adicción a las apuestas, que fue lo que me fue deteriorando muy rápido, tanto mental como físicamente, para abordar la exigencia que tenía el deporte en sí. Y creo que fue uno de los motivos (aparte de no rendir): estar pensando en otra cosa y no ser 100% profesional.

“Me faltó contención familiar en el tema financiero. Si teníamos cinco vivíamos con cinco, si teníamos 20 vivíamos con 20 y si teníamos 100 vivíamos con 100. O sea que nunca pensé: 'Cuando tengas 40, ¿cómo vas a llegar?'. Querer agasajar, pagar por amistad, pagar por no estar solo, pagar por aparentar”

La carrera del futbolista es corta. Un jugador de fútbol termina su carrera a los 35 o 37 años, cuando el hombre todavía es joven. ¿Te faltó preparación para el después?

Sí, me faltó contención familiar en el tema financiero. Si teníamos cinco vivíamos con cinco, si teníamos 20 vivíamos con 20 y si teníamos 100 vivíamos con 100. O sea que nunca pensabas en “Cuando tengas 40, ¿cómo vas a llegar?”. Me faltó eso, el tema de los excesos también… Querer estar en todos lados, querer agasajar, a veces pagar por amistad, pagar por no estar solo, pagar por aparentar.

Todas esas cosas fueron llevándome a un embudo del que después no pude salir y es difícil de asimilarlo. Y después que lo tenés incorporado, si no tenés un apoyo familiar o contención cercana que te haga ver otra realidad, uno no se da cuenta hasta que toca fondo y se golpea varias veces contra la pared.

Hace tres meses y medio confesaste en el Polideportivo (canal 12) que desde hace 15 años sufrís la adicción al juego. ¿Cómo comenzó esto? ¿Jugando por mera diversión sin tener en cuenta los riesgos?

Empecé en el año 2011, cuando se jugaba la Copa América. Pasé por un local de pagos, vi una promoción gigante que había en una vitrina, me llamó la atención lo del juego y, como yo estaba suelto económicamente, podía correr ese riesgo, sin pensar en qué iba a terminar 15 años después. El juego me arrebató a la familia, me arrebató vínculos, el entorno donde yo me moví siempre se vio afectado. Uno se adentra en esa adicción, es consumido por ella y hasta que no toca fondo —y toca fondo varias veces—, es difícil darse cuenta de que te está haciendo daño.

Imagino que después de esa vez llegó una segunda y una tercera... y cuando te quisiste dar cuenta, ya eras adicto.

Claro. Cada vez que empezás a consumir, uno no piensa que se va a hacer adicto a eso, ya sea algo químico o, en este caso, la adicción al juego. Empecé jugando para divertirme, para hacer un peso.

Un peso que no necesitabas, porque no tenías necesidades económicas.

Exacto. No necesitaba en ese momento, fue más que nada ludopatía, fue como un juego y tuve la mala suerte de que ese primer día le pegué, gané mucho de golpe, y se ve que hizo un clic en mi cerebro como diciendo: “Es por acá, podés hacer una diferencia”.

Pensé: “Pablo, la diferencia que no hiciste, o la tiraste en los 20 años de carrera, capaz que es por acá, y sin tener ese esfuerzo diario podés lograr algo que no pudiste en 20 años”. Tuve la ilusión de poder controlar algo que en el momento no sabés, pero cuando te das cuenta es tarde para reaccionar.

¿Cuándo fuiste consciente de tu adicción y de que necesitabas ayuda?

Los primeros 10 años de la adicción, en realidad, la tuve bastante oculta, si bien mi familia sabía que yo apostaba, ganaba y perdía. Mientras jugaba al fútbol tenía la espalda como para bancar una pérdida grande o considerable, entonces no se veía como una enfermedad. El único que veía que era una enfermedad y que lo necesitaba todo el tiempo era yo, pero como podía cubrir los gastos de la casa o del auto, por el sueldo que manejaba, pasaba. Hasta que dejé de jugar al fútbol…

Cuando empezó a mermar el tema económico y yo seguía cada vez más fuerte apostando, ya lo que cobraba no me daba para cubrir lo que gastaba. Entonces gastaba dinero que era para otras cosas y ahí se entró a notar un poco más, hasta que se hizo una ola gigante que no pude controlar. Era más lo que gastaba en apuestas que lo que ponía en casa. Y ahí me tuve que separar de mi pareja.

Volví a nivel 0. Perdí familia, perdí vínculos, amistades que han sido las de siempre. Por aislarme, más que nada, no por otra cosa, pero, bueno… uno va eligiendo el camino y también se va haciendo cargo de las consecuencias. Yo llegué a un momento en que quería más apostar que vivir la vida. Eso me fue corriendo de todos los lugares que me alejaban del juego, porque el juego me tenía atrapado y era el único lugar donde yo quería estar.

“Los primeros intentos de rehabilitación que hice, los hice para complacer a mi familia, pero yo no estaba convencido de dejar. Jugaba a escondidas. Me seguí destruyendo económica y mentalmente. Cuando me separo, me quedo sin casa, sin auto y vuelvo al Cerro con dos remeras y dos calzoncillos. Pensé que había tocado fondo, que iba a parar ahí… y fue totalmente lo contrario”

¿Fuiste a alguna clínica a rehabilitarte? Sé que fuiste a ver al mentalista Marcelo Acquistapace, pero no te dio resultado…

No, porque los primeros intentos que hice, los hice para complacer a mi familia y a mi entorno, pero yo no estaba convencido de querer dejar de jugar. Entonces fui para tapar el ojo y jugaba a escondidas. Me seguí golpeando, me seguí destruyendo económica y mentalmente, y bueno eso de Acquistapace me hizo poner un freno, porque yo ya me había separado. Cuando me separo, me quedo sin casa, sin auto y me vuelvo al Cerro con una valija y dos remeras y dos calzoncillos: literal. Me fui a la casa de mi vieja, la casa donde viví siempre. Pensé que, habiendo perdido a mis hijos, todo lo material que había perdido, pensé que había tocado fondo, pensé que iba a parar ahí… y fue totalmente lo contrario.

A cada frustración que tenía, empecé a apostar cada vez más fuerte para sanar ese dolor o alejarlo y no sentirlo. En realidad, la adicción es eso: es la punta de una pirámide que explota por el juego, por la droga, por el alcohol, pero lo que intenta la adicción es tapar lo que vos traés de frustraciones, de la pérdida de un familiar, del padre que no tuviste, de esa contención que no tenías…

Yo hoy lo veo con otros ojos porque me estoy recuperando y hay cosas que vos, estando en el consumo, no las ves, porque no querés verlas para no curarte. Pero hoy veo que, por ejemplo, yo cuando tenía 8 o 9 años y jugaba en baby-fútbol quería que estuviera mi viejo en la tribuna y si hacía un gol me abrazaba con el padre de los demás niños.

¿Y tu padre no te acompañaba?

No conozco a mi padre, no sé ni cómo se llama… Yo me hice muy independiente de chico, me hice cargo de mucha responsabilidad con 16, 17 años, ya siendo profesional y pudiendo ayudar a mi familia. Y claro, como que fui tirando todo para el costado. Después, las frustraciones del fútbol, las separaciones, los malos vínculos, todas esas cosas las empecé a tapar con el juego porque no las quería ver.

Hoy por hoy, ¿seguís apostando periódicamente? Cuando concediste la nota al Polideportivo, hace algo más de tres meses, dijiste que todavía, cada tanto, jugabas…

Hoy no, ya no. Yo pensé que iba a sentir la culpa y poder parar, pero no era suficiente… Es una enfermedad. A veces no hace falta solo la voluntad de querer salir, porque yo la voluntad la tengo de siempre, porque no está bueno poner 10.000 pesos y perderlos, e irte para tu casa sin ningún remordimiento. Pero el cerebro me dijo: “Date, golpeate un par de veces más contra la pared para ver si en realidad querés dejarlo”. Y bueno, después, salí del programa y tuve una etapa de uno o dos días que me di fuerte. Después, recuerdo clarito, se dio un partido de River contra Wanderers, yo tenía 10.000 pesos para ir a ver a mis hijos al otro día y me los quemé en el entretiempo del partido mientras estaba trabajando [NdeR: Pablo Melo trabaja como personal de seguridad en los partidos del fútbol uruguayo], cosa que nunca hacía: apostar mientras estaba jugando…

Y perdí la plata y tuve que llamar a mi hija y decirle: “Amor, mañana trabajo, no puedo ir a cenar con ustedes”. Y esa mentira me hizo dar vuelta, porque ya había tenido contacto con la fundación Aconcagua. Me llamaron de la Banca de Quinielas, me llamaron de la fundación Manantiales y también de Aconcagua, donde estoy ahora, y me dijeron: “Pablo, te queremos dar una beca, venite”. Y ese día que me pasó eso, terminé el partido, lo llamé al loco y le dije: “Necesito internarme porque no puedo más”.

¿Hoy cuánto días llevás sin apostar?

[Mañana domingo 7] cumplo 60 días sin apostar, cuando hacía de ocho a 10 apuestas por día. Aconcagua se dedica al tratamiento de adicciones. Tienen varias etapas en el tratamiento. Hay una chacra donde hay 100 personas adictas a distintas cosas y distintas complicaciones también. Hay una casa de medio camino donde vos vas, te levantás, comés, hacés tu tarea diaria, y vas y dormís ahí. Y está el tratamiento ambulatorio, que es el que me dieron a mí: es una franja de cuatro horas, yo voy de 8.30 a 12.30.

¿Ahí tenés talleres, reuniones con psicólogos?

Hay reuniones esporádicas con psicólogos, con aquellos que tienen adicciones a los químicos tienen determinadas rutinas (no es mi caso), trabajás con operadores que estudiaron para eso, pero también son exadictos que tienen otra conciencia de la enfermedad. Y trabajás muchísimas cosas ahí. Yo fui abierto a todo porque quería recuperarme. Esta es la primera vez que hago un tratamiento para recuperarme. Empecé el 7 de abril, hoy sábado 6 llevo 59 días sin una apuesta, y sin ganas de apostar.

El mes pasado fue el primero que llegué a fin de mes. Hacía 10 o 15 años que no llegaba a fin de mes. Y te hablo de llegar con 25.000 pesos. Yo pensaba que necesitaba 100.000, 150.000, como tuve siempre para vivir, y me estoy dando cuenta que con 25.000 puedo, y pagando mis deudas, aunque no generé muchas deudas en mi carrera del juego porque destruí la mía, mi dinero. Después, cuando empecé con los préstamos, obviamente quedás limitado a un montón de cosas.

Por eso te decía que la adicción es la punta de la pirámide. Pero [en la fundación Aconcagua] empecé a trabajar la falta de mi padre —a quien no tuve en 43 años—, la relación con mi madre, que siempre fue como una tía, que nunca me dijo un “te quiero”, un “te amo”, la relación con mi hijo más grande [de 22 años, que también es futbolista], que ahora se reencauzó bastante, pero también fue complicada porque yo viajaba al exterior y no estaba tan presente, era más económica que afectiva.

Trabajar las emociones y las frustraciones hace que vos te liberes… Yo me abro y hay días que no tengo ganas de ir a la fundación y sé que es la enfermedad que me está diciendo: “Bo, no vayas para allá, que allá te van a curar, quedate acá conmigo, jugando”. Y lucho todos los días con eso, pero el tema más importante es trabajar lo de abajo que te hizo llegar a apostar para anestesiar eso.

Me costó lo de mi viejo, a quien nunca conocí, bueno, ta… Pero tengo que hacer un duelo y enterrarlo si veo que no me suma y dejarlo ahí, porque si yo lo sigo sufriendo, lo voy a tapar con la adicción. Ahí trabajás todos los aspectos de tu vida, desde que naciste hasta que consumiste, la separación, el no levantarme con mis hijos todos los días.

“Hay días que no tengo ganas de ir a la fundación, y sé que es la enfermedad que me está diciendo: 'Bo, no vayas para allá, que allá te van a curar, quedate acá conmigo, jugando'. Lucho todos los días con eso, pero el tema es trabajar lo de abajo, que me hizo llegar a apostar para anestesiar eso”

¿Qué cosas o relaciones perdiste por la adicción?

Fueron casi todas… Familiares, afectivas, amistades. En el vínculo mío con la gente del ambiente. Esto de haberme liberado también me sacó ese peso encima de saber que, si me enfrento a un periodista o a un jugador, tengo que ver si sabe o no sabe. Haberlo expuesto públicamente para mí fue recontra liberador, porque ahora asumo que todos saben y está buenísimo, porque es parte de eso también: darse cuenta de las cosas que te pasaron, asumirlas, hacerte cargo para mejorarlas. Es todos los días levantarte y decir vos: “Hoy no, monstruo, porque si vos fallás en una, terminás dado vuelta otra vez”. Y entonces te retrotrae a eso: a cuando estuve dado vuelta, que tuve que mentirles a mis hijos por perder el dinero en el juego.

¿Te reconociste mitómano?

Sí, sí, mentí mucho. Mentí, oculté… Son rasgos característicos de un adicto: mentir, manipular, cambiar hasta el carácter para acceder al consumo. En la fundación lo llaman “hacer un personaje”: crear un personaje que no sos vos, que está buscando la manera de manipular para conseguir el objetivo. Y se trata de eso: de sacar el personaje y de curar las cosas que te hicieron mal siempre y que te llevaron al consumo.

Me llamó la atención algo que dijiste: que la ludopatía está instalada en los futbolistas jóvenes, que están a un clic en el vestuario. ¿Te consta que muchos chicos hayan caído en la adicción al juego? 

Sí, lamentablemente, está recontra instalada en el ambiente, no solo en el deporte sino en varios ámbitos. Los gurises jovencitos están atentando contra su vida porque no saben el impacto que tiene en lo emocional, en lo vincular, es hacerse pedazos día a día. Muchas madres o padres se me han acercado en este tiempo, no como si yo fuera un salvador, si no para poder, en base a mi experiencia, orientarlos a los muchachos. Ellos, hoy en día, capaz que piensan como yo en un momento, pensaba que lo podía controlar. Hoy lo ven viable, como lo vi yo 10 años, que no lo veía como un problema hasta que me tuve que dar vuelta demasiado para darme cuenta de que estaba devastado, tanto en lo emocional como económicamente. Y los vínculos todos rotos, claro.

No creo tener la capacidad de poder ayudar desde lo terapéutico, sí en base a mi experiencia, y puedo decir que lo estoy pudiendo revertir. Pero sé que está recontra instalado en los muchachos. Varios padres se me han acercado para hablar de la problemática que están sufriendo, también porque los chiquilines ya empiezan a pedir dinero, y es una rosca que, si no la parás a tiempo, se puede volver recontra complicado para los chiquilines, porque en realidad tampoco quieren hablarlo en su ambiente.

Es una enfermedad recontra silenciosa, donde uno arma un personaje para tratar de camuflar la adicción y tratar de anestesiar lo que nos viene molestando desde chicos.

Y es impresionante lo que ha permeado la apuesta electrónica en el negocio del fútbol. Basta ver las tandas de la Copa Libertadores o el fútbol uruguayo... Incluso, los sponsors de casas apostadoras están en las camisetas.

Sí, yo creo que el cambio económico que han tenido algunos mercados se debe muchísimo a que la gente está tan inmersa en apostar y dejar su dinero ahí, y eso le posibilita a los equipos tener publicidades de un ingreso muchísimo mayor por cada jugador que se destroza la vida. Es bastante paradójico el tema… Los clubes están haciendo dinero a costillas de sus mismos jugadores, que se están destrozando la vida.

Las personas adictas —drogas, alcohol o lo que sea— suelen decir: “Yo estoy enfermo o soy adicto y voy a ser adicto toda la vida”. Pero, dicen: “No por hoy”. Vos, hoy, ¿sentís que todavía estás enfermo o que ya estás rehabilitado, que tenés controlada la adicción?

Yo siento que me golpeé tanto, que me siento muy fuerte después de estos 59 días que llevo sin consumir. Cuando yo consumía entre ocho y 10 apuestas de una hora a una hora y media cada una, o sea, me llevaba de 15 a 17 horas diarias…

¿Cuánto dinero jugabas por día?

Depende de los equipos que estaban en pugna, pero capaz que 1.000 dólares mensuales se me iban, seguro. Imaginate en 15 años, estamos hablando de unos cuantos miles de dólares, que en el momento no los veía como una pérdida. Hoy me di cuenta de todas las cosas que podía haber hecho con ese dinero. Pero uno no se da cuenta hasta que está enfermo y ve el daño que se hizo, y después el que le causó a su entorno.

Para contestar tu pregunta: clínicamente, se dice que vas a estar enfermo toda tu vida y que basta un clic para para darte vuelta nuevamente. Yo no sé si comparto tanto eso. Sé que estuve enfermo, pero ya si llevo dos meses sin consumir, me siento fuerte y me siento con ganas porque es la primera vez que hago un tratamiento como para recuperarme. Ojo, me siento fuerte, pero también tengo las alertas prendidas, porque cuando vos te sentís fuerte, por lo general es el momento más débil y en que uno le da más chance a la enfermedad de que entre. Entonces, tenés que trabajarlo diariamente.

¿Cuál es el consejo que le podrías dar a algún joven tentado de apostar por diversión?

Que lo hable, que lo hable en su entorno familiar, con la gente que lo quiere (madre, padre): “Mirá, me pasa esto”. Si no lo ven como un problema, que lo hablen igual, porque no es normal que uno quiera hacer plata apostando por un equipo o por una persona o por lo que sea que apuestes. Porque a esa persona no le interesa si vos perdés tu dinero y te destrozás la vida. Entonces, que se asesoren, que se cuiden, porque una vez que probás, te enganchás y es muy difícil de volver al camino normal.

Cambiemos de tema... ¿No quisiste hacer el curso de entrenador?

No, siempre escucho a [Gerardo] Pelusso que, como hablamos, fue mi referente durante muchos años, y él dice que “para ser entrenador hay que tener vocación”. Y yo nunca la tuve. Siempre fui de contagiar como capitán o jugando, o metiendo con un trancazo, con un grito, pero nunca tuve esa facilidad de palabra como para expresarme. Entonces, lo llevo a lo de entrenador y no sé si podría expresar una idea de juego a 30 personas distintas.

Desde hace un año trabajás junto al personal de recaudación de AUF, en el control de acceso a los estadios. Por un lado, es bueno que el fútbol te haya dado un empleo. Pero, ¿esperaste por una mejor oportunidad laboral y te dieron la espalda? 

No… Creo que la espalda me la di yo, cerrándome puertas. Hoy en día, después de que se hizo mediático lo mío, he recuperado muchísimos vínculos que había perdido hace 15 o 20 años, y se arrimaron para solidarizarse, para para ponerse a disposición. Esto también me dio una visibilidad tremenda y me cerró muchos hilos para poder seguir tejiendo lo mío, que era pedir un auxilio para tapar una cagada.

Yo empecé con estrategias que eran las que necesitaba: corté todas las aplicaciones de las tarjetas de bancos… Bueno, tengo solo la de Brou, que por ahí cobro el trabajo con AUF, esa la maneja mi madre, y la llave digital la tiene mi madre. Entonces, yo transferencias no puedo hacer. Era así cómo me manejaba. Yo tenía una persona, la persona me pasaba la cuenta y yo hacía la transferencia, ahí me depositaban y ya empezaba a jugar. También corté con la plata en efectivo. Lo que tengo lo justifico: me compré un Colet y voy y llevo el cambio; cargué 500 pesos del boleto, le saco una foto y le mando a mi vieja.

Como que volví a ser chico, porque yo empecé a apostar con 28 años, hace 15, y ahí te paralizás. Yo me desperté ahora con 43 años, pero me dormí con 28. Esos 15 años me los perdí: no estuve en cumpleaños, no estuve en casamientos de mis amigos, no estuve en nacimiento de sus hijos, cuando murieron sus padres yo no estaba. Todos esos son vínculos que vos vas perdiendo…

¿Cómo es trabajar dentro de un estadio y ver el fútbol desde afuera? Se ve distinto todo, ¿no?

No extraño estar en la cancha. No me llama la atención la idea de volver a jugar, porque creo que es un lugar de reserva que yo tengo. Porque ahí es donde empecé a consumir. Es como que tenés que ir resignificando lugares… Ponele: ibas a un boliche donde solías consumir, y ahora vas y decís: “Voy porque está bueno, me gusta, pero ahora no consumo, porque tengo otra cabeza, porque cambié el chip, porque resignifiqué el lugar”. Yo, desde afuera, ahora estoy resignificando el lugar que me dio el fútbol desde adentro.

Y no soy muy de consumir fútbol tampoco. Nunca termino un partido entero, por ejemplo. Soy de mirar muchos resúmenes, no me apasiona mucho el toqueteo de pelota, por ejemplo, ese toqueteo para atrás y que el golero la toque 200 veces, que ataje una y se quede tirado 10 minutos…

¡Vos eras más de sacar una pelota y tirar el pelotazo largo desde el fondo!

Claro, yo era más del pelotazo, del codazo, de quedaba una sucia ahí, un puntazo y gol… Eso me atraía mucho más que el fútbol este vistoso de toquecito. No me atrae, entonces miro el resumen, que son las mejores jugadas.

¿No has tenido inconvenientes en la puerta del estadio, cuando te toca controlar las tribunas donde van las barras?

Últimamente, sí. Hace unas semanas me pasó que estaba en el Parque Central, yo voy llegando para trabajar y había una barra de 15 muchachos haciendo un asado —por lo general, lo hacen siempre—, y sentí un grito: “Bo, Pablo Melo, por tu culpa el otro día en el Franzini me pegaron los de la Guardia Republicana”. Lo miré y le dije: “¿Por mi culpa? Si vos vas sin entrada a un estadio, lo más factible es que yo esté trabajando y no te deje pasar”. Se hizo el pesado adelante de todos los demás. Me acordé después de lo que había pasado: quisieron utilizar una entrada que ya había sido usada por otro.

Hay que tener cintura… Yo no puedo dejarte pasar sin entrada. Mirá si vos estás en la lista negra… Yo me estoy jugando mi laburo.

Exfutbolistas como Fabián Pumar valoraron muchísimo tu actitud valiente de contar en TV tu batalla contra la adicción del juego. “Más huevos que cuando jugaba”, tuiteó Pumar. ¿Te sentiste aliviado tras la entrevista? ¿Te hizo bien compartir tu testimonio?

Sí, sí. Yo creo que fue un gran paso a la recuperación, porque si bien después me di dos cabezazos más contra la pared, que creo que eran necesarios, porque la adicción te dice “hasta acá”, pero uno es porfiado y a veces necesita pelearla un poco más… Porque, ¿sabés una cosa? Yo en los últimos años tampoco sentía que me gustaba, lo hacía por inercia, por matar el tiempo, y al empezar a alargar la adicción, ya no empezaba a necesitar eso. Esta actividad del tratamiento ambulatorio me vino espectacular, porque era un horario crítico para mí, donde yo no tenía laburo (de mañana), y es un horario que estoy seis horas sin el teléfono, que era mi arma secreta. Al estar sin el teléfono seis horas, después llegar a casa a comer algo y ya irme para un evento o irme para un partido, tengo ocupada siempre la cabeza, y no pienso.

Tu hija Paula, de 13 años, se enteró de lo que te pasaba mirándote en TV, y dijiste que tendrías una charla personal con ella. Doy por sentado que la tuviste. ¿Te entendió? ¿Te apoyó?

Sí, no tuvimos una charla tan profunda aún. Sí nos hemos visto. Hace unos días fui a comer con ellos dos —ella y Thiago, de 8 años— y mi vieja, y nos enfocamos en pasar lindo y disfrutar, más que en hablar cosas puntuales. En dos años se viene el cumpleaños de 15 de Paula, y hay que ver cómo llego. Ese también fue un factor importante para parar, porque yo me atracaba ese día. Decía: "¿Cómo voy a estar en su cumpleaños si sigo así?".

¿Sos feliz?

No, no soy la persona que deseo ser o que me hubiese gustado ser… Cometí muchos errores por culpa de mi adicción y la poca contención que tuve. Hay cosas que me han pasado que fueron muy buenas, tengo cosas que no fueron tantas y que no pude manejar bien por inexperiencia o por incapacidad, pero no me puedo martirizar con lo que viví o lo que pasó. Yo hoy tengo conciencia de la enfermedad, de lo que es y de lo que se trata.

Pero estás saliendo…

Y trato de alejarme cada día más de ella y poder entrar a buscar esos espacios buenos. Yo me hundía con el juego, ahora quiero transformar esos momentos en cosas buenas, en cosas que me gustaban hacer como ir a pescar o hacer un asado con amigos. Pero a veces la adicción me habla, y me dice: “Quedate acá en casa, jugá”, y ahí me levanto y me voy para el grupo de la fundación. Y siento mucho el apoyo de la gente en la calle. Hay gente que me abraza y se pone a llorar, te juro.

Fuente: Montevideo Portal

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